Hoy vivimos en una época curiosa: todos opinan, pocos piensan… y muchos comparten 😅. Basta un video de 30 segundos, una frase con seguridad y un poco de actitud para que alguien “forme criterio”… aunque en realidad esté repitiendo lo que escuchó hace cinco minutos.

La superficialidad no solo existe, se contagia. Y rápido.

Las fake news circulan con una facilidad impresionante. No porque sean ciertas, sino porque son simples, emocionales y —seamos honestos— cómodas. Verificar da flojera. Creer, no. Y así vamos armando una visión del mundo con piezas sueltas, muchas veces mal pegadas.

Los influencers —algunos muy buenos, otros no tanto— se han convertido en referentes. El problema no es que opinen, sino que muchas veces opinan sin profundidad… y nosotros les creemos con profundidad absoluta. Es como construir una casa sobre arena… pero con muy buena iluminación.

Esto se vuelve más delicado en temas importantes: relaciones, sexualidad, sentido de vida, creencias. Hoy todo se justifica: “si lo sientes, está bien”; “si te hace feliz, adelante”. El detalle es que, curiosamente, mucha gente que vive así… no está tan feliz.

Y aquí aparece una paradoja interesante: jóvenes bien preparados, con carrera universitaria, pero con una especie de vacío que no logran explicar. Saben mucho… pero no necesariamente entienden. Tienen información, pero les falta criterio.

Porque el problema no es la falta de datos. Es la falta de profundidad.

La superficialidad tiene varias ventajas (por eso gusta tanto):

  • No exige esfuerzo
  • Se consume rápido
  • Hace sentir que uno sabe
  • Evita cuestionarse demasiado

Pero también tiene consecuencias:

  • Decisiones débiles
  • Relaciones poco sólidas
  • Confusión constante
  • Y, al final, cierta insatisfacción que no se sabe bien de dónde viene

Es como comer pura comida chatarra intelectual: sabe bien al momento… pero no nutre.

Entonces, ¿qué hacer? Tampoco se trata de volverse ermitaño digital.

Se trata de algo más sencillo (y más difícil): pensar.

Pensar antes de compartir.
Dudar antes de creer.
Profundizar antes de opinar.

Y, sobre todo, aceptar que no todo el que habla fuerte tiene razón… ni todo el que tiene seguidores tiene criterio.

La superficialidad se contagia, sí. Pero la profundidad también… aunque requiera más paciencia.

Y quizá ahí está la diferencia entre quien solo reacciona… y quien realmente construye su vida.

José Luis Castañeda 

Banner lateral 35