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Parece que a la sociedad moderna se la está comiendo el consumismo. Se ha convertido el tener en un pseudo valor difícil de controlar. Nos afanamos desesperadamente por tener cosas – muchas de las veces completamente innecesarias- y descubrimos, en ocasiones, la angustia que origina el no tener. Trabajamos inmisericorde mente por alcanzar un confort al que difícilmente se le puede decir basta.

 

Sin embargo esta vorágine desesperante tiene sus pequeños intervalos de paz y desde el fondo de nosotros surge la pregunta ¿y todo esto realmente vale la pena? ¿Y toda la vida es para lograr cosas materiales? ¿Habrá algo realmente después de esta vida? ¿Estoy haciendo lo correcto?

 

Sorprende entonces el leer artículos sobre empresa en los que de alguna manera se habla de Dios. Covy, por ejemplo, destaca el rol espiritual de cada persona cuando escribe de visión y metas. Putin, el presidente ruso, en entrevista con Barbara Walters habla del sentido religioso de su vida. Bush, no deja de mencionarlo en sus emotivos discursos. El IPADE, la mejor escuela de negocios de México, tiene su oratorio y su capellán al que acuden con frecuencia los empresarios mexicanos que asisten a sus aulas.

 

Sin embargo la mayoría de nosotros vivimos «como si Dios no existiera» o si existe no informa nuestras vidas porque lo contemplamos como algo distante que no tiene nada que ver con nuestro quehacer diario. O lo personalizamos y usamos cuando las cosas andan mal y poco lo recordamos en la normalidad de nuestros días. Hacemos de la religión –cualquiera que esta sea- una religión de supermercado de la que tomamos solamente aquello que nos conviene, haciendo de ella un ente enteramente subjetivo.

 

Cuentan que en cierta ocasión en una ciudad europea, después de una buena nevada, un fraile caminaba descalzo hacia su convento. Al pasar por un bar, un par de borrachos lo vieron y le gritaron: ¡ay padrecito!, ¿usted anda descalzo y si cuando se muera se da cuenta que no hay nada?, sonriendo un poco el fraile solo les contestó ¿y si…sí hay? Lo borrachos dejaron de tomar. Efectivamente si una persona se porta como si Dios existiera, encontrará paz y tranquilidad en esta vida, y si no hay nada después, por lo menos vivió feliz, pero si hay seguramente que obtendrá algo más.

 

En diálogo con un amigo me decía: en esta vida o haces la voluntad de Dios o haces tu voluntad. Cuestioné cómo encontrar la voluntad de Dios y la respuesta fue sencilla: Hacer lo que se debe hacer en cada momento. Si trabajas, trabaja bien; si con la familia sirve bien; si como esposo, buscando el bien de tu cónyuge; si como estudiante, estudiando de verdad; si como padre, tus cinco sentidos en tus hijos; si como miembro de una religión, cumpliendo con los deberes de la misma y si como hijo de Dios, el mejor hijo de Dios.

 

Estamos próximos a celebrar la Navidad, ¿Qué festejamos? ¿La fiesta del consumo? ¿Al Dios que se hace hombre? O ¿una rutina que nos enseñaron nuestros padres? Sería bueno tener una respuesta. Sería bueno reflexionar en este tipo de verdades que realmente son trascendentes.

 

Independientemente de todo reciban nuestros mejores deseos en este festejo del Dios que por amor – a ti y a mi- se encarna y que con una humildad verdaderamente inefable, nos enseña a descubrir lo importante de lo secundario.

 

José Luis Castañeda Lerma